
Cecilia Imaña, una vendedora ambulante que desde hace más de dos décadas se gana la vida en las calles de Quito vendiendo panes, habas y choclo, es un ejemplo de lucha y resiliencia tras perder su vivienda y enfrentar la enfermedad de su madre, a quien cuida mientras sigue sosteniendo a sus hijos con su trabajo informal.
Su rutina comienza a las cuatro de la mañana y se extiende hasta altas horas de la noche, comprando los insumos, limpiándolos y preparando su mercancía para venderla fresca al día siguiente, en un ciclo que se repite sin descanso.
La historia de Cecilia refleja el esfuerzo de miles de personas que desde el comercio ambulante construyen su sustento y demuestra que detrás de cada puesto hay una historia de sacrificio, amor y esperanza.