
Max recorrió durante quince años los pasillos de la Escuela Politécnica Nacional, donde docentes y alumnos lo cuidaron. Su figura era querida por la comunidad del sector, que lo veía dar vueltas por la ciudad y regresar a la universidad.
Tras su partida se abrió un debate sobre la importancia de las mascotas comunitarias y la responsabilidad hacia ellas.
La bendición de la estatua estuvo a cargo de un padre de la Iglesia Católica que hizo un llamado a los tutores. El acto coincidió con el Día Mundial de los Animales.